Se puede hablar eternamente de las relaciones entre padres e hijos. Sin embargo, las vicisitudes familiares son las que hacen nuestra vida aún más interesante.

El equipo de Genial.guru ha recopilado varias historias que demuestran que vivir con niños genera un montón de diversión.

  • Mi hija acaba de cumplir 10 años de edad. Desde pequeña le enseñé que hablar con desconocidos era peligroso. Así que decidí comprobar cómo lo había aprendido. Pedí a un amigo al que ella no conoce que hablara con ella. En el día acordado, la encontró cerca de la entrada de casa. La pequeña, como si fuera una confesión, contó con pelos y señales toda nuestra vida, pero primero le advirtió:
    —Mi mamá no me permite hablar con extraños, muy pronto saldrá. ¡Así que hablemos rápido!
  • Tenía unos 35 años. Estaba en la calle, esperando a alguien. No muy lejos, iba una mamá con un niño de unos 2 años. De repente, el pequeño corre hacia mí gritando:
    —¡Papá! ¡Papá!
    La madre lo detiene diciendo:
    —No es papá, es un extraño.
    Y después de una pausa, dice:
    —No asustes a un extraño.

  • Un amigo mío tiene un hijo de 5 años de edad. Estábamos en su casa, tomando un café. El pequeño entró y empezó a disparar contra nosotros utilizando una pistola con cápsulas fulminantes. Le seguimos el juego y nos tiramos al suelo. Seguimos tumbados. El niño se ríe, diciendo: “Pueden levantarse, es de juguete. Si hubiera sido de verdad habría disparado en las piernas”. Mi amigo casi se ahoga con el café.
  • Entramos a una farmacia mi marido, mi hijo del medio (7 años) y yo. Compro pastillas anticonceptivas. El niño pregunta con curiosidad:
    —¿Qué tipo de pastillas son estas? ¿Estás enferma? ¿Y si no, para qué las necesitas? ¿Entonces, para qué sirven?
    —Son pastillas contra los niños -no aguanto más y le suelto toda la verdad.
    Mi hijo, muy asustado:
    —¿Contra los nuevos… o los antiguos?

  • El hijo de mi hermano mayor empezó a ir a la escuela. Él lo motiva con distintos juguetes, aparatos electrónicos y otras cosas. A mí, mi padre, me había prometido a los 6 años que si terminaba la enseñanza obligatoria con sobresaliente, podría ponerme un diente de oro. Como el que tiene nuestro vecino Julián. Mi entusiasmo duró durante muchos años.

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